Foto: El Caracol
Empezamos con las máscaras de yeso.
En
las dos casas contiguas donde se desarrollan las actividades, se refleja el
espíritu de esa variedad que se convierte en evolución y espejo. Los educadores
los alientan y estimulan a los chavos en el trato diario, derribando las
barreras de los convencionalismos que desde fuera también a los chavos les
determinan como el:"pobres niños de la calle", "di no a las
drogas" y otros.
La
genialidad de esta comunidad es su igualdad y su flexibilidad, es una nave
excelentemente comandada por el capitán Quique, que impone firmeza y dirección,
pero sobre todo inspira cordialidad y flexibilidad en el trato y en las
posibilidades.
Es
una organización marcadamente joven, con todo el universo de variables que
caracterizan a la fuerza de esa etapa, que se convierte en eterna a poco que la
"elección" no se convierte en una condena sino en un juego.
La casa de
seguridad es un caserón de dos plantas y una bonita escalera; en ella los
chavos duermen tirados por las esquinas, unidos siempre, aun para una bullita o
un cortejo; también se levantan, platican, juegan a juegos de mesa sencillos,
que consiguen centrar su dispersa atención por un ratito.
Foto: El Caracol
El nivel de degradación
por tóxicos es muy evidente. En la casa, los educadores no dan comida, ni
ofrecen nada, pero si algo especial y que aun no encontró ningún tipo de
medida, cariño y comprensión, y un espacio seguro donde dormir sin peligros.
Cuando llegan a
la casa (Centro de día), los chavos entregan su bolsito en el que llevan sus
sustancias, éstas quedan guardadas bajo llave en una taquilla, y les será
devuelta cuando se vayan.
De esta manera,
la asociación El Caracol sigue una estrategia que me parece acertada; pues
primero: los chavos dejarían de ir si les quitaran las sustancias; segundo: es
una prueba de confianza y comprensión; y tercero: denota y define un sistema pedagógico
sin prisas, es decir, con continuidad.
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